sábado, 19 de julio de 2008

El Buen Pastor

lunes, 14 de julio de 2008

Parábola del Sembrador

Que hermoso texto nos presenta éste domingo el Evangelio. Ser Tierra Buena y fértil para acoger la palabra de Dios, debe ser este nuestro único anhelo cada día.
En este tiempo de vacaciones, donde tendremos más tiempo para disfrutar de lo que nos gusta, no olvidemos que debemos también, dedicar un espacio para la oración, para que Dios, cada dia nos haga más buenos, más dispuestos para vivir su palabra. Para que seamos capaces de entregar nuestra vida, para que el Señor disponga de nuestro ser y siembre en nosotros lo que El quiera y ser fieles a su voluntad.
Como lo hacia el Niño Jesús que crecía en porte y sabiduría; ese es nuestro desafio, Imitar a CRISTO.

sábado, 5 de julio de 2008


Parabola del Fariseo y el Publicano

Estas dos figuras no son solamente de los tiempos de Jesús. Siguen existiendo hoy en muchos lugares del mundo. También en medio de nosotros. El fariseo de hoy es el que aparenta ser bueno y perfecto y las malas inclinaciones le dominan. Es ambicioso, rencoroso, avaricioso, cruel y despectivo para los demás. Va al templo con frecuencia. Y da a veces limosna. Pero tiene la seguridad interior de que es mejor que los demás hombres. Siempre alude a su cumplimiento con los deberes de creyente. Y está orgulloso de si mismo, pues se considera puro ante Dios y ni se le ocurre que es pecador y tiene que pedir perdón. Es interesante comparar al fariseo con el publicano. En el tiempo de Jesús los fariseos aparecían como justos y daban impresión de una religiosidad seria. Pero tenían, entre otros fallos, la soberbia. Se creían amigos de Dios por cumplir la ley. Pero no amaban al prójimo. Creían que con sus obras merecían la justificación y que Dios mismo les debía el favor de dar dinero al templo y de hacer cosas buenas. Los fariseos de hoy son iguales. Creen que hacen las cosas bien. Sienten que Dios les tiene que bendecir por las cosas buenas que hacen. Se siente desconcertados si alguien les llama vanidosos, orgullosos, pretenciosos… Se tienen en tan buen concepto que no entienden que otros duden de su virtud. Les falta la humildad. También hoy hay publicanos y gente sencilla que ora con humildad y reconoce sus pecados. Gente que parece que no es buena, pero es humilde. No van mucho por la iglesia, pero hacen favores al prójimo. Se sienten arrepentidos de no ser mejores y piden perdón a Dios.
Los publicanos del tiempo de Jesús eran recaudadores de impuestos, al servicio del odiado poder de los romanos. Tomaban ese oficio por necesidad y eran gentes de poco trato, salvo el que reclamaba su oficio. Sus hijos y sus mujeres, solían estas encerrados en casa, pues los demás les negaban el trato. Las gentes les miraban como ladrones. Pero les temían, pues eran protegidos por los romanos. Ellos se daban cuenta y con frecuencias sentían pena por lo que tenían que hacer. En ese contexto de discriminación hay que ver el gesto de Jesús de poner una parábola relacionada con estos dos tipos. En aquellos ambientes en donde hay rivalidades y donde hay discrimación es donde se entiende el gesto de Jesús. Enseña como hay que orar. Pero sus palabras hacen pensar en que lo importante no orar, sino orar bien. Hay que pensar cómo recibe el Padre del cielo la oración. Si la oración es humilde y sincera, Dios siempre la escucha. Si es soberbia y despectiva, no la recibe bien, pues es más un gesto de arrogancia que una petición de alma sencilla.
El hombre para acercarse a Dios tiene que ser humilde. Es interesante la conclusión de la parábola, que es una enseñanza hermosa de Jesús: "Yo les digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado."
El publicano experimentó alegría por su confianza en Dios y el agrado fue para él benevolencia divina. Dios se complació en su sencillez y humildad. Porque en su oración él utilizó el medio adecuado para entrar en contacto con Dios, reconociéndose pecador y acogiéndose a su misericordia. El fariseo pensaba erróneamente haber adquirido todo esto por su propio esfuerzo, sin necesidad de que Dios viniese en su auxilio, por eso no pedía nada. Solo iba el templo para mostrar su vanidad. El fariseo mereció la condena de Jesús y no salió mejor del templo, a pesar de haber orado. O mejor de haber pensado que había orado, cuando lo que había hecho era pronunciar palabras necias.